Somos pasajeros de una estación llamada vida.

En esta vida todos somos pasajeros, todos estamos en una misma estación, pero no esperamos los mismos trenes. Es decir, hay que subirse a trenes para poder arrancar en esta vida. Cuando somos pequeños viajamos todos en el mismo tren, de las manos de tus padre, pero llega un momento en tu vida en el que puedes bajarte de ese tren y subirte a otro por tu propio pie, ya sea porque eres lo suficientemente grande o ya hayas madurado. Pero prefieres quedarte en la estación, porque ahí has encontrado a otros pasajeros que buscan los trenes más perfectos, aquellos bonitos y que pasan muy pocos, te quedas con ellos, con tus amigos. y ahí crecéis como personas, os conocéis, os lo pasáis bien, y de vez en cuando os subís en el mismo tren, ese tren que no lleva a ninguna parte. Pero seguís buscando el tren perfecto, el tren del amor. Hay un secreto sobre ese tren, todo el mundo piensa que es el más bonito, el más lujoso, el que llama más la atención, el que te espera al verlo. Pero no es así, muy pocas personas que los trenes del amor son aquellos que no hace falta que sean los más bonitos, solo te lo tiene que parecer a ti, los que no te lo esperas, que te aparecen de repente. Supuestamente esos trenes solo pasan una vez, si no los coge a tiempo, se marchan, los pierdes para siempre, y por mucho que corras detrás nunca conseguirás alcanzarlo. Perdí la oportunidad, los trenes como tú solo pasan una vez en la vida. Desde entonces viajo en muchos trenes, busco una mirada, una sonrisa, un silencio, para acabar siempre luchando y perdiendo, con la maleta en la última parada. Y esperando que por casualidad volvamos a encontrarnos.